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    La Espera

    Sentada en el sillón, mientras mi corazón se llena de emociones, alegría, felicidad, amor y pasión. Las pareces verdes que reflejaban mis esperanzas empezaban a teñirse rojo, me pare y rose la pared con mis dedos, la pintura se sentía fría, tersa y empezó a gotear en el piso, sacudí mi mano intenta deshacerme de la pintura que al momento de alejar mi mano de la pared por completo desapareció en un instante, regrese al sillón, había llegado el momento de esperar, sentada sobre la tela blanca que acariciaba mi piel escuche los golpes en la puerta, mi corazón golpeaba mi pecho con fuerza, sonó tres veces y pregunte, “¿Quién ha venido hoy a contemplar mi alegría?”, la suave voz atravesó la puerta hasta mis oídos y en unos segundos la respuesta atravesaba mi cerebro, en el primer momento los sonidos acariciaron mi piel, para después desgarrarla por completo, “ la soledad esta aquí hoy, he venido a hacerte compañía”.

     

    No podía creerlo que hacia la soledad en mi puerta, ella no era lo que yo esperaba, así que sin pensarlo dos veces conteste, “hoy no eres bienvenida, así que espero tu partida”. El silencio se hizo presente en ese momento, la soledad se marcho, sin hacer otro intento. Camine por el cuarto, el pasto verde del piso se había vestido de rojo para hacer juego con las paredes, acariciaba mis pies en cada  paso, en cada respiración, en cada minuto.

     

    No se cuantas horas pasaron, si fueron días o años, pero por fin la puerta volvió a sonar, yo corrí para pegar mi oído a la madera pulida, olía a barniz y roble, si bajaba mi nariz podía percibir también el olor del hierro, entonces volvió a sonar, mi cabeza aun estaba pegada, una fea sensación lleno mi cabeza. Después de unos segundos hice la misma pregunta que la vez anterior “¿Quién ha vendió hoy a contemplar mi alegría?”, creo que el sonido de mi voz del otro lado de la puerta, aunque apagado por la madera, debió de sonar demasiado cercano, porque la voz guardo silencio por unos instantes y sus palabras fueron simplemente, “soy la soledad”.  A lo que yo conteste, “Ya te he dicho que tu no eres quien yo espero, así que vete hasta que no sea tu momento”.

     

    Mi corazón se lleno de tristeza, las flores que rodeaban el sillón me veían con melancolía, ¿porque la soledad osaba invadir mi espacio, cuando lo que yo esperaba era el amor?, no podía comprenderlo, pero no me dejaría vencer, mis sentimientos no eran oníricos como los de las doncellas enfermas de amor, yo sabía que había llegado el momento de enamorarme y que solo tenía que esperar unos instantes, porque pronto eso que yo esperaba haría que la puerta sonara y por fin podría salir de aquella habitación.

     

    Pasaron muchos días y la soledad era constante, seguido tocaba a mi puerta y me pedía que la dejara entrar, pero yo nunca lo hice.

     

    Sentada en el sillón peinaba mi cabello y contemplaba las flores a mi alrededor, ellas sonreían intentando hacerme feliz, pero no lo lograban, estaba muy triste, cuando escuche algo extraño en el exterior, yo nunca escuchaba los pasos, pero esta vez podía escuchar los pasos al otro lado de la puerta, pero ahora no me emocione, ya lo había hecho demasiadas veces, mientras mas cerca se escuchaban los pasos, mas curiosidad tenia por averiguar de quien era, la puerta sonó una vez, me quede quieta, ni siquiera respiraba, la puerta sonó, otra vez, el silencio reino por unos minutos, hasta que finalmente la puerta sonó, una tercera vez, en el momento en que abrí la boca para preguntar quien era, las paredes empezaron a teñirse de gris, el pasto se convirtió en arena y las flores que me habían estado haciendo compañía se marchitaron.

    Pregunte por ultima vez “¿Quién ha venido hoy a contemplarme?”, no podía hablar de alegría pues esta había desaparecido, la voz resonó en toda la habitación,

    - “Soy la soledad”

    - “¡Te he dicho que no quiero tu compañía!”

    Su silencio fue sepulcral y dijo

    - “Entiende niña, el amor no vendrá, se alejo demasiado de tu puerta y ahora no sabe como regresar, déjame hacerte compañía o  morirás”

     

    Me dio tanta tristeza que llore sin parar, el amor nunca llegaría, lo había esperado por tanto tiempo y ahora sabía que había sido en vano, pues nunca regresaría por mi, así que deje que la soledad entrara, encerrada en aquel cuarto gris, al final, después de 49 días el día nueve del mes nueve morí, en sus brazos, simplemente me dormí y mis ojos nunca vieron otro mundo que no fuera el más allá.